Hay una manera perezosa de programar músicas del mundo: buscar el país que falta en el cartel, poner el nombre más vistoso y colocarlo a las siete de la tarde con la etiqueta de «color». Funciona una temporada. Luego el público deja de venir, porque nota cuándo se le está vendiendo un decorado.
La alternativa no es más cara ni más complicada. Solo exige tratar estos proyectos con los mismos criterios con los que se programa cualquier otra cosa.
Programar el proyecto, no la procedencia
La primera pregunta no debería ser de dónde viene el grupo, sino qué propone. Un trío que trabaja el cancionero sefardí con arreglos contemporáneos y otro que hace fusión latinoamericana de baile no tienen nada que ver entre sí, aunque el programa los ponga en la misma casilla.
Cuando el criterio es artístico, el cartel gana coherencia. Cuando el criterio es geográfico, el cartel se convierte en una feria de muestras.
El texto del programa es media programación
Aquí se juega gran parte de la dignidad de la propuesta. Tres reglas sencillas:
- Nombrar bien. El instrumento se llama como se llama, no «una especie de guitarra». Cuesta una búsqueda y cambia la percepción del público.
- Situar sin exotizar. Explicar la tradición y qué hace este proyecto con ella, en lugar de recurrir a «ancestral», «mágico» o «hipnótico».
- Citar a los músicos por su nombre. Todos, no solo a quien firma el proyecto.
Un texto que trata al artista como profesional atrae a público que va a escuchar. Un texto que lo trata como fenómeno atrae a público que va a mirar.
El sitio y la hora dicen lo que vale
Programar estos proyectos siempre en la franja de tarde, en el escenario pequeño y con entrada libre manda un mensaje muy claro sobre la jerarquía del cartel. Y el público lo lee, aunque nadie lo diga.
No significa que todo tenga que ir a la sala grande. Significa que la decisión debe responder al proyecto —formato, aforo esperado, tipo de escucha— y no a una categoría heredada.
Las condiciones técnicas también son respeto
Muchos de estos proyectos llegan con instrumentos acústicos delicados, afinaciones que no son las habituales y necesidades de microfonía específicas. Recortarles la prueba de sonido «porque son solo tres» es la forma más eficaz de que suenen peor de lo que son.
El rider de un cuarteto de cuerda tradicional merece la misma lectura que el de un grupo eléctrico. Lo desarrollamos en qué es el rider técnico y quién lo firma.
Pagar lo que se paga
Existe la costumbre de negociar a la baja con proyectos de músicas del mundo dando por hecho que «tienen menos gastos». Casi nunca es cierto: suelen ser formaciones amplias, con instrumentos voluminosos y desplazamientos largos.
Si el caché no da, se busca una fórmula —una fecha de paso, un coproducción con otra sala, una residencia corta— pero no se rebaja el proyecto. Los números de un concierto los explicamos en cuánto cuesta contratar a un grupo.
Lo que se queda cuando el grupo se va
Las programaciones que funcionan a largo plazo hacen algo más que el concierto: un encuentro con estudiantes del conservatorio, una charla de media hora antes del pase, una grabación para el archivo del festival. Es la diferencia entre traer a alguien y construir público.
También es la diferencia entre una fecha suelta y una relación que se repite. En nuestro caso, casi todos los proyectos de músicas del mundo que movemos vuelven al mismo sitio en temporadas siguientes, con el aforo ya hecho.
Estos son los proyectos de músicas del mundo que representamos, y así los llevamos al circuito.
¿Hablamos de tu proyecto?
Da igual desde dónde llegues: artista que busca fechas, banda que quiere salir de su circuito, programador que busca propuestas, institución que quiere abrir su escena al exterior o profesional que quiere sumarse al colectivo. Cuéntanos en qué punto estás.